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Thursday, January 23, 2020

Traduttore, traditore

Por Fernando González, AIB

Algo que los intérpretes no agradecemos lo suficiente son las ocasiones que se nos brindan de vez en cuando de conocer a personas de una dilatada trayectoria profesional en el mundo del cine, la música, las artes...

Yo tuve la inmensa suerte de interpretar a la mayoría de entrevistados no hispanoparlantes que desfilaron por el programa de entrevistas “Lo + Plus” de Canal + desde 1995 hasta 2005. Antes de comenzar el programa solía visitar al invitado en el camerino para intercambiar algunas palabras de cortesía y explicar brevemente cómo funcionaba el asunto de la interpretación. Sabía por experiencia que la mayoría de los invitados desconfiaban de la simultánea ya que –según me contaron muchos de ellos– habían vivido situaciones nefastas: pérdida del “pinganillo” en medio de la entrevista, imposibilidad o dificultades para oír al intérprete porque la voz de los presentadores se amplifica en el plató. El principal temor era, pues, quedar como idiotas si algo de eso ocurría. Mi función durante esa breve conversación era tranquilizarles, intentar que hablaran de manera natural y espontánea y que no se agobiaran.

El 22 junio de 1999 el invitado del programa era el escritor británico Magnus Mills, que acudía a presentar su opera prima, finalista del prestigioso “Booker prize”, una desternillante novela llamada “The Restraint of Beasts” (Flamingo 1998) y traducida al español como “El encierro de las bestias” (Muchnik 1999). 

Mi consabida visita previa en el camerino fue breve, pero al finalizar el programa coincidí con él de nuevo en la salida y volvimos a pegar la hebra. Después de hablarme de su anterior profesión de conductor de autobuses y de instalador de alambradas (como los protagonistas de su novela) descubrimos que teníamos una afición común: la natación. Eso nos hizo pasar un agradable rato de animada charla hasta que su agente le hizo la señal inequívoca de que tenían que marcharse. Pero antes de irse Magnus tuvo el detalle de obsequiarme y dedicarme un ejemplar de la traducción española de su novela. 

Me la leí de una sentada y confieso que me decepcionó sobremanera. Según me adentraba en la novela, me costaba creer que ese tío tan salado y ocurrente hubiera escrito lo que tenía en mis manos: un bodrio sin gracia alguna de sorprendente pobreza léxica, con incoherencias en la trama, frases mal redactadas y pésimas descripciones. 

Enseguida empecé a observar numerosos errores de traducción, aun sin cotejar con la versión original. De modo que dejé de leer y decidí hacerme con la novela en inglés. Tardé cierto tiempo en conseguirla, puesto que en aquel entonces no existía Amazon (ni siquiera se usaba Google: el principal motor de búsqueda era Altavista), pero gracias a mi amiga Beatriz García Ríos, traductora y encargada de compras de libros ingleses de La Casa del Libro conseguí obtenerlo en un razonable plazo de un par de meses. Cuando por fin me llegó, la leí del tirón y mis expectativas se cumplieron sobradamente. La versión original en inglés era fresca, chispeante y con mucha guasa. Pero lo más importante: las incoherencias no estaban en el original. Justo la novela que me  esperaba de ese tipo tan cachondo había conocido meses antes.

Volví a la versión española y la terminé para ver qué era lo que fallaba, aunque esta vez cotejándola con el original. Me tomé la molestia de hacer un listado de algunos errores de traducción y traducciones poco afortunadas. Dejo al lector el cuidado de examinar la lista aquí. He incluido algunos comentarios pero he dejado otros en blanco porque considero que es un excelente ejercicio para estudiantes del grado de Traducción/Interpretación, si se quieren ejercitar en las labores de revisión. Dejad vuestros comentarios, por favor.

Wednesday, December 25, 2019

La última noche del año. ¿Mirando hacia adelante o hacia atrás?

Por Cristina Amils, AIB

El otro día, en un raro momento de esos en que le permití a mi mente divagar un ratito, pensé en que pronto se acaba el año y que, como quien no quiere la cosa, empezará uno nuevo. Cómo pasa el tiempo… Y qué “raras” somos las personas a la hora de celebrar este tipo de fiestas.

No lo digo tanto por las cosas extravagantes que podemos llegar a hacer, sino por los nombres que les damos. Quedémonos con el ejemplo que acabo de citar, el año nuevo. En Europa estamos más o menos de acuerdo en llamarle así al nuevo año que empieza, pero lo de festejarlo la última noche del año “viejo” ya es harina de otro costal - ahí nos cuesta unificar nuestros criterios.


En España acostumbramos a llamar Nochevieja a la última noche del año, parecido a lo que dicen los neerlandeses con su Oudejaarsavond. Nos quedamos, pues, con lo viejo, con lo que se acaba. Luego están los más optimistas, que a esa noche la llaman New Year’s Eve, es decir, la noche antes del año nuevo. Y finalmente están los que en su día no quisieron mojarse y se salieron por peteneras, como los alemanes o los franceses, entre otros. Ahí se celebra Silvester o la Saint-Sylvestre. ¿Y eso? Los círculos bien informados nos cuentan que en el año 1582 la reforma del calendario gregoriano trasladó el último día del año del 24 de diciembre al 31 de diciembre, día de la muerte del Papa Silvestre el año 335. Esta fecha coincide con la onomástica de San Silvestre y de ahí que el término haya pasado a designar la celebración de la última noche del año (o de la noche previa al nuevo año, según se mire).

Claro que lo más exótico del asunto no es tanto el nombre que se la ha dado a la celebración en cuestión como la forma de celebrarlo. Ahí sí que se puede afirmar que la humanidad ha dado rienda suelta a su imaginación…

En Alemania se ahuyentan los malos espíritus a base de cantidades ingentes de petardos y fuegos artificiales en todo el país. Tantos, que las partículas finas en el aire se disparan hasta valores insospechados y pueden llegar al equivalente de una séptima parte de las partículas que emite el tráfico rodado en un año.

En Francia también disfrutan de los fuegos artificiales en los Campos Elíseos y su elegancia natural los condena a tomarse una copa de buen champán para entrar comme il faut en el año nuevo.

En Italia son precavidos y se comen un buen plato de lentejas para asegurarse la prosperidad y la fortuna durante el próximo año. Cuentan que los romanos ya se regalaban lentejas al cambiar de año como símbolo de buena fortuna.

Los daneses también quieren asegurarse la buena fortuna en el nuevo año, pero para ello recurren a métodos más drásticos y estrellan parte de su vajilla contra las puertas de los amigos. La gracia está en acumular mucha vajilla rota en la puerta de casa porque es señal de que uno tiene muchos amigos que le quieren bien.

En el Reino Unido es imprescindible besarse bajo la hoja de muérdago que se cuelga en el marco de la puerta, tradición que, por lo visto, se remonta a la época de los druidas en la Edad Media. Luego toca correr, para preservar la tradición del First Footing, que consiste en ser el primero en visitar a los amigos y familiares después de las doce de la noche.

¿Y en España? En España no podemos celebrar la Nochevieja sin un televisor que nos toque las doce campanadas porque la tradición exige que nos tomemos las uvas con cada una de ellas. Aunque parezca una tradición muy antigua, data únicamente de 1909 y se debe a razones digamos que más bien pragmáticas. Aquel año se produjo un excedente enorme en la cosecha y decidieron repartirlas entre la población. Bueno, al menos esa es una de las versiones que circulan…

Tampoco se nos puede olvidar llevar una prenda interior de color rojo, que nos ayudará a conseguir buena suerte y felicidad en el año nuevo.

Sea como fuere, es evidente que con cada 1º de enero estrenamos un nuevo año, le llamemos como le llamemos a la celebración y hagamos lo que hagamos durante esa última noche.

AIB os desea a todos un ¡Próspero año nuevo! Happy New Year! Feliç any nou! Bonne année! Gutes neues Jahr! Buon Anno! Gelukkig Nieuwjaar!


Saturday, November 30, 2019

Intelligence artificielle

By Patricia Heintz, Congrestolken


Au début des années 80 du siècle dernier, nos professeurs, que ce soit au cours de traduction ou d’interprétation, nous mettaient en garde : « dans un proche avenir les ordinateurs vous remplaceront ». C’était tout au début des programmes de traitement de texte, des téléphones portables. Nous, on ne les croyait pas vraiment …. depuis l’intelligence artificielle s’est développée à vitesse supersonique.

Partant de la simple traduction de mots dans un texte écrit, nous avons vu apparaître des logiciels de traduction et, de nos jours, des milliers de personnes arrivent à comprendre la signification d’un texte dans une langue étrangère tout simplement en le chargeant sur « Google Translate ». Le logiciel « lira » même le texte dans la langue désirée. La reconnaissance vocale n’est plus une chimère imaginée par un quelconque auteur de roman de science-fiction.

Quarante ans plus tard, je contemple ma carrière d’interprète et je me dis que les nouvelles technologies nous ont plutôt aidé (il n’est plus nécessaire de transporter des kilos de dictionnaires et pratiquement tous les documents de référence pour la préparation de réunions se trouvent en ligne). Notre profession a évolué, mais nous sommes toujours là et nous continuons à offrir un atout irremplaçable : notre capacité de déduction, de discernement et d’analyse.

J’aimerais présenter un exemple personnel : Nous sommes en train de refaire la cuisine dans notre maison de famille, une ancienne ferme dans le nord du Grand-Duché de Luxembourg. J’essaye de coordonner les travaux ainsi que l’achat du matériel entre les différents corps de métier.
Le Luxembourg est un adorable petit pays, enclavé entre l’Allemagne, la Belgique et la France. On compte dans sa population une forte immigration d’origine portugaise. Étant de nationalité luxembourgeoise, je me suis dit que je n’aurai aucun mal à me faire comprendre en franco-luxembourgeois. Je me trouvais donc entre le menuisier (Allemand originaire de la région de Prüm parlant le Plattdeutsch, mais convaincu de s’exprimer en luxembourgeois) et le carreleur (originaire de Portugal, vivant au Luxembourg depuis 5 ans et convaincu parler couramment le français).

Quel défi des plus intéressant !!! Toutes mes langues de travail, il ne manquait que l’anglais. 
La semaine dernière, les deux artisans s’exprimaient en parlant fort et très rapidement (j’imagine pour cacher les imperfections linguistiques). Et c’est là que je me suis dit que les mots ne signifiaient en fait pratiquement rien. Il a fallu tenir compte des personnalités individuelles, chacun ayant sa fierté nationale et professionnelle profondément ancrée. Ils ne voulaient que parler et non pas écouter. Entre les deux, il a fallu interpréter, en tenant compte des non-dits, des références culturelles et historiques, des expressions du visage, des gestuelles tout en essayant de comprendre les termes techniques et trouver leur traduction dans 4 langues. Et c’est là que je me suis dit que ce n’est pas encore demain que nous serons remplacés par des machines, même dites « intelligentes ».

Wednesday, October 30, 2019

Kaizen Interpreting

By Mary Fons, AIB

Unlike industrial workers and most business managers, freelance conference interpreters spend the lion’s share of our working time on our own, with no timekeepers or supervisors, setting our own goals and allocating our time among many tasks: studying hard for specific interpreting assignments, of course, but also reading for general knowledge, keeping up all of our working languages, booking travel and accommodation, accounting, filing taxes, liaising with clients, networking with colleagues, and so on and so forth. All this, and trying to make sure we have a life, as well.

There are few objective standards we are held to. Clients and colleagues alike generally appreciate punctuality, courteousness, consistency and accuracy, but some prioritize specialist knowledge, others emphasize communication impact and others just want cheap rates. All the same, these standards are rather blurry and probably need to be, given the huge variation we get.

Interpreting a World Class Manufacturing audit for the first time is a revealing experience, not to mention an opportunity to pick up a few Japanese words.  People who work in companies that implement WCM are holding each other to increasingly higher standards of accuracy, safety, and efficiency. It’s fascinating to learn about how poka yokes can help avert serious mistakes in very simple ways, such as shaping a part so that it can only fit into the next part with the correct alignment, and no other. We hear a lot about getting rid of the three sources of inefficiency, mura, muda and muri (wasted resources, variability, and overburdening). It’s hard to remember which is which, but luckily we can leave these words in Japanese! The interesting bit is that it changes your focus, and suddenly you’re spotting them all over the place.

Then we go home and turn to our own work, which is so very difficult to standardize, and while half our soul is glad not to be under this particular kind of stress, the other half would really like a good system to help us streamline our quoting, billing and bookkeeping. And some of us grapple with an important question: Am I meeting my own quality standards? Since the standards are blurry in the first place, that’s hard to figure out.

So here’s my latest approach to this question, and it’s another Japanese word, kaizen, which I originally learned in a WCM context. I came across it again last summer in a non-work-related context, when I started to teach myself to swim better using online material rather than finding a personal trainer to yell at me to swim harder. The idea of kaizen swimming in the Total Immersion method is to focus on improving one small aspect at a time, starting with the easy pickings. I now think of my approach to interpreting overall as kaizen: every week I will try to focus on improving one important thing at a time.  With so much variety and stress in our work lives, it’s easy to end up running around in headless chicken mode trying to do everything, whether or not others can tell this is what is happening. I hope to use the kaizen approach to counter that tendency.

Monday, September 30, 2019

AIB jazz concert raises €1500 for children’s charity

By Catherine Sherry, AIB


The Associated Interpreters of Barcelona (AIB) care deeply about the work we do and the world we live in. As professional interpreters and translators, helping people to understand each other is the very heart of what we do. We also strive to uphold our values of excellence, integrity, constant improvement, innovation, and commitment to our customers and our colleagues.

AIB is proud to be a partner of SOS Children’s Villages as part of our corporate social responsibility, to contribute to a brighter future for vulnerable children worldwide. Last week, for the third year running, AIB was once again honoured to organise a fundraising jazz concert in Barcelona starring AIB’s very own multi-talented Cristina Amils (expert interpreter, AIB treasurer AND accomplished jazz singer), accompanied by professional pianist Joan Amils – who also happens to be Cristina’s father!

Introduced by AIB President Patricia Lluch, the dynamic Amils duo delighted a packed auditorium in central Barcelona with a sparkling repertoire of jazz songs such as A Child Is Born, Mediterráneo, La Javanaise and Don’t You Worry 'Bout a Thing. Drawing on the many language strings in her bow, Cristina sang flawlessly and shared the stories behind the music to some 160 friends, family and customers of AIB in Catalan, English, Spanish, French, and Portuguese! The performance was capped off with drinks and nibbles for all, and of course a celebratory glass of local cava.


AIB would like to thank all those who contributed generously and helped us raise a fabulous €1,557 for SOS Children’s Villages. If you missed out on the evening but would still like to donate, you still have until the end of October! To do so please contact us at aib@aibcnet.com. We look forward to seeing you next year, if not before! 


A Child Is Born, performed by Cristina and Joan Amils:
https://www.youtube.com/watch?v=NK5MLtGHvmg

Wednesday, August 7, 2019

Intererótica

Por Paula Santillán Grimm, intérprete freelance

Hacía meses que Cashida no interpretaba; mentira, había tenido algún encargo de interpretación de enlace y consecutiva, pero ella a esos encargos solía llamarlos interpretaciones de consuelo: lo que verdaderamente le ponía a Cashida era la simultánea.

Su combinación no era de las manidas; su temática de especialización, menos. Así que a veces entre encargo y encargo transcurrían meses. Justo como en esta ocasión.

La ola de calor que iba a azotar la ciudad esos dos días dispararía la temperatura de cabina por los cielos. Tal vez interpretar para 30 bomberos acerca de incendios y catástrofes naturales infundía cierto sarcasmo –¿y morbo?– a la tarea. Tal vez.

Como cualquier profesional del sector, en cada encargo Cashida ejecutaba ciertos rituales que nunca se saltaba: usaba sus propios cascos y un cojín para la silla; hojas recicladas; color negro para tomar notas; y, muy importante, apagaba esa lucecita que infundía al cubículo de operaciones cierto aire a quirófano.

Tan pronto como se calzó los cascos –auricular sí, auricular no–, Cashida intuyó que esa no sería una mera jornada más. Como intérprete todoterreno, estaba preparada para encajar cualquier input. Sin embargo, debía admitir que la inversa se le daba mejor para los trabajos con esa combinación lingüística.

Incluso los preliminares no fueron los de siempre. En aquella presentación de acto, cada palabra cobraba sentido; cada vocablo era sentido.

El proyecto para el que se pretendía recaudar fondos había sido engendrado durante meses, cuidado desde el minuto cero; pensado, ejecutado y superado en equipo. Era un proyecto mimado, y se notaba.

Cashida cogió el turno cuando ya había entrado en calor –y no precisamente en el de la cabina, que desde el inicio había hecho las veces de horno industrial–. La temperatura ascendía propiciada por alientos, sudores y gestos articulados al son de las manos de Alif, al son de las miradas entre Alif y Cashida...


Pero el calor que Cashida sentía no era solo físico; no se medía únicamente en grados ni se apagaba con el botellín de agua de rigor. Era un calor que brotaba de dentro hacia fuera… desde su estómago, ascendiendo por la laringe, la epiglotis (¡uysh, la epiglotis, qué estremecimiento!) y atravesando por su boca para finalmente aterrizar en el oído de todos y cada uno de los presentes, replicando de esta forma las vibraciones de lo que ese proyecto representaba para Alif, portavoz de la asociación marroquí Bila Hudud (Sin Fronteras)...


Y así, infiltrándose por el cable hasta Dios sabe qué recovecos del alma, Cashida logró alcanzar un clímax para ella inaudito después de tantos años de desesperante canalización mecanizada.

Monday, July 15, 2019

¿Cómo sobrevivir al Globish?

Por Francisco Hidalgo, Intérprete funcionario del Parlamento Europeo

Este mes, a petición de nuestra socia Patrícia Lluch (AIB), nuestro compañero intérprete funcionario del Parlamento Europeo Francisco Hidalgo nos expone sus reflexiones sobre el Globish, ese molesto fenómeno que sufrimos todos en la profesión. ¡Gracias, Paco!


Parece que el término Globish surgió en 1998, cuando Madhukar Gogate [https://en.wikipedia.org/wiki/Globish_(Gogate)] propuso una versión simplificada del inglés que facilitaría su aprendizaje como lingua franca entre los hablantes de los diferentes idiomas que pueblan el subcontinente indio. No fue el primer intento de ofrecer una versión simplificada del inglés (antes habían aparecido Basic English de Charles Kay Ogden, Simplified Technical English o STE y algunos otros), pero sí le corresponde a Madhukar Gogate el honor de haber acuñado esta voz que hizo fortuna y que utilizó luego por ejemplo Jean-Paul Narrière [https://en.wikipedia.org/wiki/Globish_(Nerrière)] en Don’t speak English, parlez Globish (2004).

Pero existe otro Globish, que es el que aquí nos interesa, que no sería fruto del esfuerzo de un lingüista por facilitar la comunicación en inglés entre hablantes no nativos, sino que se habría ido formando espontáneamente con el uso. Concretamente, con el mal uso. Un inglés, pues, empobrecido semántica y sintácticamente, y repleto de errores. 

Ahora bien, existe realmente este Globish espontáneo y no normalizado?


A mi juicio, no. Cuando habla inglés un no nativo, suele cometer una serie de errores de pronunciación, de vocabulario, de gramática, de sintaxis… Solo que esos errores son completamente diferentes en función de cuál sea la lengua nativa del hablante. Por ejemplo, un hispanohablante tenderá a pronunciar la v como b (así, es muy posible que, al querer decir Let’s take a vote, suene más bien como Let’s take a boat). Un neerlandófono, en cambio, puede que pronuncie la v como f (vat se convierte en fat) . Eso, en cuanto a la fonética. Pero lo mismo ocurre con el vocabulario: el no nativo puede confundir palabras inglesas con otras en su idioma que se parecen pero cuyo significado es diferente (lo que suele denominarse falsos amigos): All the documents are in your carpet. Y, por supuesto, también traducirá a veces literalmente las expresiones idiomáticas. Un ejemplo verídico: I don’t think we should open that melon

Es decir, que ese concepto del [Globish como versión simplificada del inglés -con un vocabulario más reducido, gramática y sintaxis más sencillas y menos expresiones idiomáticas- es engañoso, por no decir falso. Pretende ser un idioma universal, pero es todo lo contrario, por la sencilla razón de que, como hemos visto, cada hablante contamina el inglés que habla con la influencia de su propio idioma. No hay un Globish, sino al menos tantos como lenguas de hablantes de inglés no nativos: un inglés españolizado, otro afrancesado, italianizante, etc... Con lo cual es impropio llamarlos Globish puesto que no son uno y global, sino muchos y locales. De no ser porque los idiomas actualmente están codificados, sometidos a reglas, enseñanza normalizada y muchas veces también a la autoridad de academias de la lengua, sería muy posible que el inglés utilizado como lingua franca se fuera fragmentando al mezclarse con los idiomas locales y diera origen a lenguas diferentes, en un proceso similar al que sufrió el latín y que engendró las lenguas romances.


¿Y qué puede hacer el sufrido intérprete que, cada vez con más frecuencia, se ve sumergido por un torrente de supuesto Globish (en realidad mal inglés)? 

Idealmente, claro está, conocer el idioma materno del orador que está maltratando el inglés. Así, si el intérprete oye a un alemán decir Ven he comes, sabrá que quizá quiera decir When he comes, pero que también podría ser If he comes. Y, como no es posible conocer todos los idiomas, siempre viene bien tener al menos unas nociones de fonéticas variadas. Un compañero intérprete con finlandés pasivo me facilitó mucho la vida cuando me dijo que este idioma solo tiene consonantes sordas, no sonoras, y un sistema vocálico más sencillo que el del inglés. Ese enigmático peak en realidad quería decir algo tan simple como big.

Como consejo, comprendo que es bastante escaso. Con el tiempo, uno acaba por ir captando las deformaciones que imponen al inglés los hablantes de los idiomas mayoritarios, pero es mucho más difícil en el caso de los que se oyen solo raras veces. Solo queda el consuelo de que el inglés de los hablantes nativos no siempre es más fácil; a menudo es más bien lo contrario. ¿Cuántas veces, después de despotricar contra el mal inglés de un báltico o un balcánico, sudamos tinta para entender qué demonios dice un orador de Glasgow o de Nueva Zelanda?