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Friday, February 21, 2020

Mind your manners!

By Michelle Hof, AIB

Conference interpreters must be a very poorly behaved bunch. Why else would there be so many resources out there dedicated to teaching us proper manners? There are seemingly countless articles, slide presentations and videos explaining the dos and don'ts of interpreter etiquette, as well as the inevitable cartoons poking fun at those interpreters who don't seem to have consulted any of the former before stepping into the booth. Today, I'd like to go through some of what's out there.

To me, minding your manners as an interpreter should essentially be a matter of common sense: try to treat your colleagues how you would like them to treat you. However, for the novice interpreter, it's not always clear just exactly how one would like to be treated, or what constitutes good and bad etiquette in the booth.

I still have vivid, and mostly painful, memories of some of my own slip-ups during my first few weeks in the booth. One day, I had to be reminded by a senior colleague not to munch my sandwich in full view of the delegates ("but I was on my break, what harm could a quick snack do?"). On another occasion, I was told never – NEVER! – to touch another interpreter's console ("but your turn was over, I thought I'd just switch off your mike for you!"). Needless to say, these are lessons that I will never forget.

Fortunately, thanks to all of the resources available, interpreters these days should not have to learn the hard way. Let's take a look.

Not just for newbies

The International Association of Conference Interpreters (AIIC) has kindly prepared not one, but two sets of guidelines on booth manners. The first, Understanding Booth Manners, is a short, checklist-style guide for beginners on the main points to keep in mind as they head off for their first assignment.

The second article, creatively named Booth Manners, was written for seasoned interpreters and is an in-depth, no-holds-barred, three-part exposé on the topic that has seen various versions published over the years (which just goes to show that you can never say enough about minding your manners, even to veterans).

Miss Manners would be proud

It's interesting to see that most self-respecting interpreter training courses include booth manners on their curriculum. Even the EMCI Core Curriculum includes a reference to them. There, they are called "working practices", but I've seen instructors' notes for this point and I can assure you that that's just a fancy euphemism for how to behave yourself on the job.

The National Network for Interpreting is a UK-based initiative that offers a range of resources for trainers and students of conference interpreting. On their interpreting skills map, you will find no fewer than three resources on etiquette-related skills: tact & diplomacy, professionalism, and teamwork. The section on teamwork leads to a slideshow of interpreting cartoons by Clic!, by the way, so if you are looking for a light-hearted approach to the subject, be sure to check it out.

The Interpreter Training Resources website, always a great source of information for trainers and students, has its own article on booth etiquette to offer. In this case, it's an excerpt of the book entitled Conference Interpreting – Principles and Practice.

Booth manners and social media

To conclude this round-up of pieces on booth manners, let me just point you to a couple of resources on social media. The Q&A site interpreting.info has no fewer than seven questions tagged with "booth manners", with a total of 29 answers. I personally like the one that asks if it's okay to use Facebook or Twitter in the booth (how time marches on!).

And what compilation of interpreter resources would be complete without a video by Lourdes de Rioja? I'll leave you with this entertaining video, featuring my colleague Matt Perret, called – wait for it! – Booth manners.

VIDEO
**This article is a modified version of an article originally posted on theinterpreterdiaries.com**

Thursday, January 23, 2020

Traduttore, traditore

Por Fernando González, AIB

Algo que los intérpretes no agradecemos lo suficiente son las ocasiones que se nos brindan de vez en cuando de conocer a personas de una dilatada trayectoria profesional en el mundo del cine, la música, las artes...

Yo tuve la inmensa suerte de interpretar a la mayoría de entrevistados no hispanoparlantes que desfilaron por el programa de entrevistas “Lo + Plus” de Canal + desde 1995 hasta 2005. Antes de comenzar el programa solía visitar al invitado en el camerino para intercambiar algunas palabras de cortesía y explicar brevemente cómo funcionaba el asunto de la interpretación. Sabía por experiencia que la mayoría de los invitados desconfiaban de la simultánea ya que –según me contaron muchos de ellos– habían vivido situaciones nefastas: pérdida del “pinganillo” en medio de la entrevista, imposibilidad o dificultades para oír al intérprete porque la voz de los presentadores se amplifica en el plató. El principal temor era, pues, quedar como idiotas si algo de eso ocurría. Mi función durante esa breve conversación era tranquilizarles, intentar que hablaran de manera natural y espontánea y que no se agobiaran.

El 22 junio de 1999 el invitado del programa era el escritor británico Magnus Mills, que acudía a presentar su opera prima, finalista del prestigioso “Booker prize”, una desternillante novela llamada “The Restraint of Beasts” (Flamingo 1998) y traducida al español como “El encierro de las bestias” (Muchnik 1999). 

Mi consabida visita previa en el camerino fue breve, pero al finalizar el programa coincidí con él de nuevo en la salida y volvimos a pegar la hebra. Después de hablarme de su anterior profesión de conductor de autobuses y de instalador de alambradas (como los protagonistas de su novela) descubrimos que teníamos una afición común: la natación. Eso nos hizo pasar un agradable rato de animada charla hasta que su agente le hizo la señal inequívoca de que tenían que marcharse. Pero antes de irse Magnus tuvo el detalle de obsequiarme y dedicarme un ejemplar de la traducción española de su novela. 

Me la leí de una sentada y confieso que me decepcionó sobremanera. Según me adentraba en la novela, me costaba creer que ese tío tan salado y ocurrente hubiera escrito lo que tenía en mis manos: un bodrio sin gracia alguna de sorprendente pobreza léxica, con incoherencias en la trama, frases mal redactadas y pésimas descripciones. 

Enseguida empecé a observar numerosos errores de traducción, aun sin cotejar con la versión original. De modo que dejé de leer y decidí hacerme con la novela en inglés. Tardé cierto tiempo en conseguirla, puesto que en aquel entonces no existía Amazon (ni siquiera se usaba Google: el principal motor de búsqueda era Altavista), pero gracias a mi amiga Beatriz García Ríos, traductora y encargada de compras de libros ingleses de La Casa del Libro conseguí obtenerlo en un razonable plazo de un par de meses. Cuando por fin me llegó, la leí del tirón y mis expectativas se cumplieron sobradamente. La versión original en inglés era fresca, chispeante y con mucha guasa. Pero lo más importante: las incoherencias no estaban en el original. Justo la novela que me  esperaba de ese tipo tan cachondo había conocido meses antes.

Volví a la versión española y la terminé para ver qué era lo que fallaba, aunque esta vez cotejándola con el original. Me tomé la molestia de hacer un listado de algunos errores de traducción y traducciones poco afortunadas. Dejo al lector el cuidado de examinar la lista aquí. He incluido algunos comentarios pero he dejado otros en blanco porque considero que es un excelente ejercicio para estudiantes del grado de Traducción/Interpretación, si se quieren ejercitar en las labores de revisión. Dejad vuestros comentarios, por favor.

Wednesday, December 25, 2019

La última noche del año. ¿Mirando hacia adelante o hacia atrás?

Por Cristina Amils, AIB

El otro día, en un raro momento de esos en que le permití a mi mente divagar un ratito, pensé en que pronto se acaba el año y que, como quien no quiere la cosa, empezará uno nuevo. Cómo pasa el tiempo… Y qué “raras” somos las personas a la hora de celebrar este tipo de fiestas.

No lo digo tanto por las cosas extravagantes que podemos llegar a hacer, sino por los nombres que les damos. Quedémonos con el ejemplo que acabo de citar, el año nuevo. En Europa estamos más o menos de acuerdo en llamarle así al nuevo año que empieza, pero lo de festejarlo la última noche del año “viejo” ya es harina de otro costal - ahí nos cuesta unificar nuestros criterios.


En España acostumbramos a llamar Nochevieja a la última noche del año, parecido a lo que dicen los neerlandeses con su Oudejaarsavond. Nos quedamos, pues, con lo viejo, con lo que se acaba. Luego están los más optimistas, que a esa noche la llaman New Year’s Eve, es decir, la noche antes del año nuevo. Y finalmente están los que en su día no quisieron mojarse y se salieron por peteneras, como los alemanes o los franceses, entre otros. Ahí se celebra Silvester o la Saint-Sylvestre. ¿Y eso? Los círculos bien informados nos cuentan que en el año 1582 la reforma del calendario gregoriano trasladó el último día del año del 24 de diciembre al 31 de diciembre, día de la muerte del Papa Silvestre el año 335. Esta fecha coincide con la onomástica de San Silvestre y de ahí que el término haya pasado a designar la celebración de la última noche del año (o de la noche previa al nuevo año, según se mire).

Claro que lo más exótico del asunto no es tanto el nombre que se la ha dado a la celebración en cuestión como la forma de celebrarlo. Ahí sí que se puede afirmar que la humanidad ha dado rienda suelta a su imaginación…

En Alemania se ahuyentan los malos espíritus a base de cantidades ingentes de petardos y fuegos artificiales en todo el país. Tantos, que las partículas finas en el aire se disparan hasta valores insospechados y pueden llegar al equivalente de una séptima parte de las partículas que emite el tráfico rodado en un año.

En Francia también disfrutan de los fuegos artificiales en los Campos Elíseos y su elegancia natural los condena a tomarse una copa de buen champán para entrar comme il faut en el año nuevo.

En Italia son precavidos y se comen un buen plato de lentejas para asegurarse la prosperidad y la fortuna durante el próximo año. Cuentan que los romanos ya se regalaban lentejas al cambiar de año como símbolo de buena fortuna.

Los daneses también quieren asegurarse la buena fortuna en el nuevo año, pero para ello recurren a métodos más drásticos y estrellan parte de su vajilla contra las puertas de los amigos. La gracia está en acumular mucha vajilla rota en la puerta de casa porque es señal de que uno tiene muchos amigos que le quieren bien.

En el Reino Unido es imprescindible besarse bajo la hoja de muérdago que se cuelga en el marco de la puerta, tradición que, por lo visto, se remonta a la época de los druidas en la Edad Media. Luego toca correr, para preservar la tradición del First Footing, que consiste en ser el primero en visitar a los amigos y familiares después de las doce de la noche.

¿Y en España? En España no podemos celebrar la Nochevieja sin un televisor que nos toque las doce campanadas porque la tradición exige que nos tomemos las uvas con cada una de ellas. Aunque parezca una tradición muy antigua, data únicamente de 1909 y se debe a razones digamos que más bien pragmáticas. Aquel año se produjo un excedente enorme en la cosecha y decidieron repartirlas entre la población. Bueno, al menos esa es una de las versiones que circulan…

Tampoco se nos puede olvidar llevar una prenda interior de color rojo, que nos ayudará a conseguir buena suerte y felicidad en el año nuevo.

Sea como fuere, es evidente que con cada 1º de enero estrenamos un nuevo año, le llamemos como le llamemos a la celebración y hagamos lo que hagamos durante esa última noche.

AIB os desea a todos un ¡Próspero año nuevo! Happy New Year! Feliç any nou! Bonne année! Gutes neues Jahr! Buon Anno! Gelukkig Nieuwjaar!


Saturday, November 30, 2019

Intelligence artificielle

By Patricia Heintz, Congrestolken


Au début des années 80 du siècle dernier, nos professeurs, que ce soit au cours de traduction ou d’interprétation, nous mettaient en garde : « dans un proche avenir les ordinateurs vous remplaceront ». C’était tout au début des programmes de traitement de texte, des téléphones portables. Nous, on ne les croyait pas vraiment …. depuis l’intelligence artificielle s’est développée à vitesse supersonique.

Partant de la simple traduction de mots dans un texte écrit, nous avons vu apparaître des logiciels de traduction et, de nos jours, des milliers de personnes arrivent à comprendre la signification d’un texte dans une langue étrangère tout simplement en le chargeant sur « Google Translate ». Le logiciel « lira » même le texte dans la langue désirée. La reconnaissance vocale n’est plus une chimère imaginée par un quelconque auteur de roman de science-fiction.

Quarante ans plus tard, je contemple ma carrière d’interprète et je me dis que les nouvelles technologies nous ont plutôt aidé (il n’est plus nécessaire de transporter des kilos de dictionnaires et pratiquement tous les documents de référence pour la préparation de réunions se trouvent en ligne). Notre profession a évolué, mais nous sommes toujours là et nous continuons à offrir un atout irremplaçable : notre capacité de déduction, de discernement et d’analyse.

J’aimerais présenter un exemple personnel : Nous sommes en train de refaire la cuisine dans notre maison de famille, une ancienne ferme dans le nord du Grand-Duché de Luxembourg. J’essaye de coordonner les travaux ainsi que l’achat du matériel entre les différents corps de métier.
Le Luxembourg est un adorable petit pays, enclavé entre l’Allemagne, la Belgique et la France. On compte dans sa population une forte immigration d’origine portugaise. Étant de nationalité luxembourgeoise, je me suis dit que je n’aurai aucun mal à me faire comprendre en franco-luxembourgeois. Je me trouvais donc entre le menuisier (Allemand originaire de la région de Prüm parlant le Plattdeutsch, mais convaincu de s’exprimer en luxembourgeois) et le carreleur (originaire de Portugal, vivant au Luxembourg depuis 5 ans et convaincu parler couramment le français).

Quel défi des plus intéressant !!! Toutes mes langues de travail, il ne manquait que l’anglais. 
La semaine dernière, les deux artisans s’exprimaient en parlant fort et très rapidement (j’imagine pour cacher les imperfections linguistiques). Et c’est là que je me suis dit que les mots ne signifiaient en fait pratiquement rien. Il a fallu tenir compte des personnalités individuelles, chacun ayant sa fierté nationale et professionnelle profondément ancrée. Ils ne voulaient que parler et non pas écouter. Entre les deux, il a fallu interpréter, en tenant compte des non-dits, des références culturelles et historiques, des expressions du visage, des gestuelles tout en essayant de comprendre les termes techniques et trouver leur traduction dans 4 langues. Et c’est là que je me suis dit que ce n’est pas encore demain que nous serons remplacés par des machines, même dites « intelligentes ».

Wednesday, October 30, 2019

Kaizen Interpreting

By Mary Fons, AIB

Unlike industrial workers and most business managers, freelance conference interpreters spend the lion’s share of our working time on our own, with no timekeepers or supervisors, setting our own goals and allocating our time among many tasks: studying hard for specific interpreting assignments, of course, but also reading for general knowledge, keeping up all of our working languages, booking travel and accommodation, accounting, filing taxes, liaising with clients, networking with colleagues, and so on and so forth. All this, and trying to make sure we have a life, as well.

There are few objective standards we are held to. Clients and colleagues alike generally appreciate punctuality, courteousness, consistency and accuracy, but some prioritize specialist knowledge, others emphasize communication impact and others just want cheap rates. All the same, these standards are rather blurry and probably need to be, given the huge variation we get.

Interpreting a World Class Manufacturing audit for the first time is a revealing experience, not to mention an opportunity to pick up a few Japanese words.  People who work in companies that implement WCM are holding each other to increasingly higher standards of accuracy, safety, and efficiency. It’s fascinating to learn about how poka yokes can help avert serious mistakes in very simple ways, such as shaping a part so that it can only fit into the next part with the correct alignment, and no other. We hear a lot about getting rid of the three sources of inefficiency, mura, muda and muri (wasted resources, variability, and overburdening). It’s hard to remember which is which, but luckily we can leave these words in Japanese! The interesting bit is that it changes your focus, and suddenly you’re spotting them all over the place.

Then we go home and turn to our own work, which is so very difficult to standardize, and while half our soul is glad not to be under this particular kind of stress, the other half would really like a good system to help us streamline our quoting, billing and bookkeeping. And some of us grapple with an important question: Am I meeting my own quality standards? Since the standards are blurry in the first place, that’s hard to figure out.

So here’s my latest approach to this question, and it’s another Japanese word, kaizen, which I originally learned in a WCM context. I came across it again last summer in a non-work-related context, when I started to teach myself to swim better using online material rather than finding a personal trainer to yell at me to swim harder. The idea of kaizen swimming in the Total Immersion method is to focus on improving one small aspect at a time, starting with the easy pickings. I now think of my approach to interpreting overall as kaizen: every week I will try to focus on improving one important thing at a time.  With so much variety and stress in our work lives, it’s easy to end up running around in headless chicken mode trying to do everything, whether or not others can tell this is what is happening. I hope to use the kaizen approach to counter that tendency.

Monday, September 30, 2019

AIB jazz concert raises €1500 for children’s charity

By Catherine Sherry, AIB


The Associated Interpreters of Barcelona (AIB) care deeply about the work we do and the world we live in. As professional interpreters and translators, helping people to understand each other is the very heart of what we do. We also strive to uphold our values of excellence, integrity, constant improvement, innovation, and commitment to our customers and our colleagues.

AIB is proud to be a partner of SOS Children’s Villages as part of our corporate social responsibility, to contribute to a brighter future for vulnerable children worldwide. Last week, for the third year running, AIB was once again honoured to organise a fundraising jazz concert in Barcelona starring AIB’s very own multi-talented Cristina Amils (expert interpreter, AIB treasurer AND accomplished jazz singer), accompanied by professional pianist Joan Amils – who also happens to be Cristina’s father!

Introduced by AIB President Patricia Lluch, the dynamic Amils duo delighted a packed auditorium in central Barcelona with a sparkling repertoire of jazz songs such as A Child Is Born, Mediterráneo, La Javanaise and Don’t You Worry 'Bout a Thing. Drawing on the many language strings in her bow, Cristina sang flawlessly and shared the stories behind the music to some 160 friends, family and customers of AIB in Catalan, English, Spanish, French, and Portuguese! The performance was capped off with drinks and nibbles for all, and of course a celebratory glass of local cava.


AIB would like to thank all those who contributed generously and helped us raise a fabulous €1,557 for SOS Children’s Villages. If you missed out on the evening but would still like to donate, you still have until the end of October! To do so please contact us at aib@aibcnet.com. We look forward to seeing you next year, if not before! 


A Child Is Born, performed by Cristina and Joan Amils:
https://www.youtube.com/watch?v=NK5MLtGHvmg

Wednesday, August 7, 2019

Intererótica

Por Paula Santillán Grimm, intérprete freelance

Hacía meses que Cashida no interpretaba; mentira, había tenido algún encargo de interpretación de enlace y consecutiva, pero ella a esos encargos solía llamarlos interpretaciones de consuelo: lo que verdaderamente le ponía a Cashida era la simultánea.

Su combinación no era de las manidas; su temática de especialización, menos. Así que a veces entre encargo y encargo transcurrían meses. Justo como en esta ocasión.

La ola de calor que iba a azotar la ciudad esos dos días dispararía la temperatura de cabina por los cielos. Tal vez interpretar para 30 bomberos acerca de incendios y catástrofes naturales infundía cierto sarcasmo –¿y morbo?– a la tarea. Tal vez.

Como cualquier profesional del sector, en cada encargo Cashida ejecutaba ciertos rituales que nunca se saltaba: usaba sus propios cascos y un cojín para la silla; hojas recicladas; color negro para tomar notas; y, muy importante, apagaba esa lucecita que infundía al cubículo de operaciones cierto aire a quirófano.

Tan pronto como se calzó los cascos –auricular sí, auricular no–, Cashida intuyó que esa no sería una mera jornada más. Como intérprete todoterreno, estaba preparada para encajar cualquier input. Sin embargo, debía admitir que la inversa se le daba mejor para los trabajos con esa combinación lingüística.

Incluso los preliminares no fueron los de siempre. En aquella presentación de acto, cada palabra cobraba sentido; cada vocablo era sentido.

El proyecto para el que se pretendía recaudar fondos había sido engendrado durante meses, cuidado desde el minuto cero; pensado, ejecutado y superado en equipo. Era un proyecto mimado, y se notaba.

Cashida cogió el turno cuando ya había entrado en calor –y no precisamente en el de la cabina, que desde el inicio había hecho las veces de horno industrial–. La temperatura ascendía propiciada por alientos, sudores y gestos articulados al son de las manos de Alif, al son de las miradas entre Alif y Cashida...


Pero el calor que Cashida sentía no era solo físico; no se medía únicamente en grados ni se apagaba con el botellín de agua de rigor. Era un calor que brotaba de dentro hacia fuera… desde su estómago, ascendiendo por la laringe, la epiglotis (¡uysh, la epiglotis, qué estremecimiento!) y atravesando por su boca para finalmente aterrizar en el oído de todos y cada uno de los presentes, replicando de esta forma las vibraciones de lo que ese proyecto representaba para Alif, portavoz de la asociación marroquí Bila Hudud (Sin Fronteras)...


Y así, infiltrándose por el cable hasta Dios sabe qué recovecos del alma, Cashida logró alcanzar un clímax para ella inaudito después de tantos años de desesperante canalización mecanizada.